Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Al escuchar aquellas palabras, doña Inés retrocedió como si hubiera pisado una víbora, el furor se pintó en su semblante pálido, con ambas manos levantó de su frente algunos rizos que se desprendían sobre su rostro, y por un instante clavó en el Señorito sus ojos que parecían querer salirse de sus órbitas.
Aquella mujer así, podía decirse que estaba sublime, o espantosa.
El Señorito, a pesar de su sangre fría y de su cinismo habitual, no pudo resistir el fuego de aquella mirada, y retrocedió también como buscando apoyo.
Don Lope se cruzó de brazos esperando el fin de aquella escena, porque doña Inés parecía haberle olvidado completamente.
—¡Miserable! —exclamó por fin la dama dando un paso hacia el Señorito—. ¡Miserable! ¿Así te vengas de una mujer indefensa, porque la tienes en tu poder, cuando no te hubieras atrevido ni a mirarla? ¡Cobarde! ¡Villano! ¡Con una mujer!
—Tú no eres una mujer —contestó el Señorito animándose al escuchar aquellos insultos— tú no eres una mujer, tú eres un monstruo al que es preciso exterminar, una víbora a la que por bien de la humanidad es fuerza matar…