Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —No abriguéis esperanza, señora, porque he jurado por el alma de esa pobre mártir ejecutar esa sentencia; lo he jurado, y creo que debo cumplir ese juramento; mirad, señora, aquà hay tres hombres que conocen vuestro crimen tan bien como yo; ¿hay alguno que se atreva a levantar la voz en favor vuestro? Miradles, señora.
Doña Inés de rodillas siempre, se volvió buscando entre aquellos hombres uno que quisiera interceder por ella. Pero todos los rostros estaban sombrÃos, y todas las miradas se apartaban de ella.
—¿Con que no hay esperanza? —exclamó—. ¡Dios mÃo! Señores, soy una mujer infeliz; yo me arrepentiré, yo pasaré la vida en un convento llorando mi falta; yo repartiré mis bienes entre los pobres; yo haré que se hagan mil sufragios por el alma de doña Laura; por compasión no me deis esa muerte horrible.
Don Lope estaba silencioso como una estatua.
—Don Guillén, por Dios, mira, yo he sido tuya, yo te amé, no me abandones; si quieres seré tu esposa, tu esclava, te lo ruego; por esas noches de felicidad que aquà mismo pasaste a mi lado, te lo ruego.
—¡Quieres una limosna! —contestó don Guillén volviendo a presentar a doña Inés un puñado de onzas— mira cómo no me olvido de ti…