Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Señora, aunque estoy seguro de lo que digo, quiero sin embargo confundiros, para que no tengáis ni el consuelo de la queja; a ver vosotros, acercaos.
Los dos lacayos se acercaron.
—¿De dónde hemos sacado nosotros a doña Laura?
—De allà —contestaron los dos lacayos señalando el lugar en que estaba doña Laura.
—¿Y en qué estado? —preguntó don Lope.
—Loca y moribunda —contestó uno.
—Loca y moribunda —repitió el otro.
—Y vos don Guillén de Pereyra decid: ¿quién puso aquà esa dama?
—Yo, por orden de doña Inés.
—¿Lo oÃs señora?
Pero doña Inés no necesitaba oÃr nada de aquello, porque a gritos su misma conciencia se lo decÃa.
—Pues bien, señora, yo que recogà a esa vÃctima de vuestra furia infernal; yo que la he visto padecer y morir, yo que ni me dejo engañar como la Audiencia, ni quiero tampoco ser vuestro cómplice como los oidores, os condeno a ser emparedada como lo estaba doña Laura…
—¡Señor! —exclamó cayendo de rodillas doña Inés.