Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Doña Inés retrocedió espantada; todo estaba allà preparado como el dÃa en que ella habÃa conducido allà a doña Laura.
Entonces pudo comprender con horror la suerte que le esperaba; volvió el rostro con angustia, como buscando protección: cerca de ella estaba el Señorito.
—¡Don Guillén! —exclamó— ¡Don Guillén! socórreme…
—¡Ah! —contestó el Señorito con una sonrisa de burla, y metiendo la mano a una de las bolsas de sus gregüescos— quieres una limosna, ¡toma! y mira cómo no me he olvidado de ti.
Y diciendo esto, alargó a doña Inés un puñado de onzas.
Doña Inés conoció lo que aquello querÃa decir; el Señorito se vengaba.
—¡Oh caballero! —dijo entonces dirigiéndose a don Lope— ¿qué pretendéis hacer conmigo? ¡Oh, aquà adivino una cosa horrible, espantosa, inhumana!
—Señora, no necesito decÃroslo; vais a sufrir la suerte que preparasteis a doña Laura: la pena del talión… esa pena que la Audiencia de México no sabe, o no quiere aplicar.
—¡Pero por Dios, caballero, si soy inocente, si esa dama jamás ha estado aquÃ…!