Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Doña Inés vaciló sobre lo que debía hacer; pero pensó que un rasgo de audacia podía salvarla; que quizá no pretendían aquellos hombres más que aterrorizarla; y sobre todo, nada había escuchado en lo que don Lope le había dicho que indicara que él estaba instruido de los pormenores del suplicio de doña Laura.

Además, durante aquella conversación, el Señorito había callado, cuando con dos palabras podía confundirla.

—Tal vez —pensó ella— éste sea un plan preparado por don Guillén para obligarme a entrar de nuevo en relaciones con él, y a darle mi amor… sí, eso ha de ser… ¡infame! ya verá…

Llegaron en esto al gran patio y a la puerta de la bodega que estaba ya visible, porque la leña había sido quitada.

Don Lope abrió la puerta de la bodega y entró por delante llevando en la mano una bujía de cera; siguióle la dama y detrás de ellos el Señorito y los dos criados.

Doña Inés, al sentir el ambiente frío y húmedo de aquella galera, sintió un vago estremecimiento; pero se pudo sobreponer a su emoción.

—Señora —dijo don Guillén con solemnidad— aquí tuvisteis emparedada a esa infeliz…


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