Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Epílogo

I

Han pasado muchos años y estamos en el mes de diciembre de 1691.

En la espalda de la calle de la Merced, una multitud de albañiles se ocupaban en la reconstrucción de una casa medio arruinada.

En el zaguán de una de las habitaciones que estaban cerca de aquella casa, una pobre mujer parecía esperar a alguno de los operarios. Era la hora del almuerzo entre aquellas gentes, y la mujer tenía delante una canasta cubierta con un blanquísima servilleta.

La mujer dirigía frecuentes miradas por el rumbo en que debía llegar el que ella esperaba.

De repente oyó cerca de sí una voz, que con acento de súplica decía:

—Caritativos cristianos, ¿quieren dar una limosna a este pobre ciego?

—Perdone por Dios, señor —contestó la mujer con ese respeto con que generalmente se contesta en México a los desgraciados.

—¡Por María Santísima de Guadalupe, no he probado bocado en toda la mañana! —insistió el ciego.

La mujer lo miró con ojos de compasión, y luego le dijo:

—Mire, si quiere almorzar, yo le daré algo en viniendo mi marido.


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