Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Dios se lo pague a vuestra merced, señora, me esperaré.

—Pues no será mucho tiempo, porque aquí viene ya.

En efecto, en ese momento se presentó un hombre que tenía el aspecto de un albañil; era grueso y entre sus cabellos lucían ya algunos mechones de canas.

—¡Ave María, Luis! —dijo la mujer— ¿qué tienes?, te veo muy pálido.

—No es nada, nada.

—Tú te has caído, ¿estás enfermo?

—No, Marta.

—Pues dime.

—Es una cosa extraña; vamos almorzando y te lo contaré poco a poco.

La mujer, que ya sabemos que era Marta, comenzó a disponer allí mismo el almuerzo de su marido.

—Óyeme —dijo— convidé a este pobre cieguito a que almorzara contigo, porque tiene mucha hambre.

—¿Alcanza?

—Bien para ti y para él.

—¿Y tú?

—Yo allá en la casa comeré.

—Bueno, que se siente.

Sentóse el ciego en el suelo al lado de Marta y comenzaron a comer.

—Cuéntame —dijo Marta.


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