Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Pues oye: ¿te acuerdas que esta casa era de aquel don Lope de Montemayor, que murió estando nosotros en el Santo Oficio?

—Sí, que supimos después que él la había comprado cuando embargaron los bienes de doña Inés.

—Sí, pues dicen que nunca la habitó, ni le puso mano, ni sus herederos tampoco; y así la casa se iba cayendo poco a poco.

El ciego comía sin poner atención a lo que decían.

—Pues vas a saber, porque me lo dijo un sobrestante, que un particular denunció como ruinas esta casa al Cabildo.

—¿Y qué?

—Se la dieron a él y determinó hacer obra, y comenzamos a trabajar; yo sólo por la necesidad venía a este trabajo, porque sabes que desde que cumplimos la condena en el Santo Oficio y nos casamos, me resolví a ser hombre de bien y trabajador.

—Y lo has cumplido.

—¡Bendito sea Dios, que me ha de haber perdonado mis culpas!

—¿Pero por qué estabas tan pálido?


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