Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Óyeme: tuvimos que derribar la pared en que te conté que estuvo aquella loca encerrada por mi señora, y a mà me tocó estar por fuera de la bodega; de repente oigo gritos adentro y que nos llamaban a todos: ¿qué te parece que era?
—¿Qué?
—Pues habÃan descubierto una emparedada en el mismo lugar.
—Vaya, serÃa la loca.
—No, no, porque yo vi sacar a la loca; la vi una noche, se la sacó aquel Señorito, como tú le decÃas.
—¡Pero tal vez te engañaste!
—No; además, la loca no tenÃa alhajas, y este esqueleto tiene en el cuello una gruesa cadena de oro.
—¿Pues qué serÃa?
—Dios lo sabe; yo la verdad me espanté.
—¿Y qué habrá sido del Señorito?
—Quién sabe.
—Quizá se haya muerto: ¡Dios le haya perdonado!
El almuerzo se habÃa terminado, y el ciego dando las gracias, humildemente se retiraba, diciendo entre dientes:
—¡Oh! sÃ, Dios me perdone, porque he sido muy criminal en mi vida…
Y luego agregaba: