Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Y cómo sabremos que es él entre los que salen de la casa de vuestro padre?…
—Será el único que se retire a esa hora.
—Bien…
—Señor, sólo encargo a vuestra discreción el secreto; nadie debe saber que yo he sido la persona que ha hecho esta denuncia, ni la misma reina.
—Os respondo de ello, señora.
—Adiós.
La dama volvió a cubrirse cuidadosamente y salió de la estancia.
Benavides la aguardaba.
—Conduce a esa señora hasta donde ella te diga, y vuelve a verme —le dijo el padre.
—La puerta se cerró y el reverendo padre Nitardo volvió a quedar solo, y se puso a escribir violentamente.
Después de una media hora, volvió Benavides.
—Benavides —dijo el valido— llama a don Fernando de Valenzuela.
Benavides con una actividad asombrosa volvió muy pronto trayendo consigo a don Fernando.
—Don Fernando —dijo el padre tan luego como le vio— ¿aún no se ha recogido doña Eugenia?
—No, señor —contestó Valenzuela.
—Hazme la gracia, hijo mÃo, de preguntarle si le será posible entrar a la estancia de S. M.