Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Trátase nada menos que de escribir al prÃncipe que por cualquier motivo evite la salida de los refuerzos que van al Bravante; de escribir luego esta determinación a la corte de Francia para que se apoderen las tropas francesas de aquellas provincias. Excitada asà la animadversión pública circulando la voz de que todo esto es obra vuestra y que estáis vendido a la corte de Luis XIV, promover un tumulto pidiendo a S. M. vuestro destierro por traidor a la España, en bien de la monarquÃa, y si la ocasión se proporciona haceros morir en medio del tumulto.
—Pero, señora, ¿qué pruebas me dáis de que todo eso es cierto, y qué motivo tenéis para hacer denuncia que comprometa la vida de vuestro padre, o al menos su libertad?
—Ni la vida ni la libertad de mi padre corren peligro ninguno, supuesto que antes de declararos mi secreto, me habéis firmado un salvoconducto, que vale muy bien el servicio que hago a la monarquÃa; yo quiero que concluyan esas tramas que dÃa a dÃa me hacen temblar por la vida de mi padre y por la tranquilidad del reino: éste es el motivo de mi denuncia; en cuanto a las pruebas os será muy fácil adquirirlas: esta madrugada a las dos en punto de la mañana saldrá de la misma casa de mi padre el hombre que lleva consigo todas las pruebas; hacedle prender.