Las dos emparedadas
Las dos emparedadas El embozado tomó a la derecha y comenzaba a caminar cuando de repente tres hombres se lanzaron sobre él y le sujetaron.
Hombre de resolución y de poderosa fuerza debía ser aquél, porque comenzó a luchar para desasirse de sus contrarios, y quizá lo hubiera conseguido, cuando a éstos llegó refuerzo, y otros dos hombres más se unieron a los primeros asaltantes.
La operación fue ya muy sencilla, y el embozado quedó prisionero, atado de pies y manos, y con una mordaza.
—Cubridle el rostro con la capa —dijo uno de los que habían hecho la prisión— nadie sea osado verle… ahora, cargad con él y seguidme.
La mujer de la ventanilla nada había podido ver por la oscuridad, pero había oído el rumor de la escena, y luego escuchó la orden que daba el que debía ser el jefe.
Luego las pisadas de aquellos hombres le indicaron que se alejaban ya con su presa; la mujer iba ya a retirarse, cuando una ronda desembocó precisamente por el mismo rumbo que llevaban.
A luz del farolillo de aquella ronda la mujer descubrió al hombre envuelto en su capa y conducido en hombros de los otros.
—¡Ténganse! a la justicia —gritó el que llevaba la ronda.