Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Orden de Su Majestad —contestó el jefe del grupo mostrando un papel.

La mujer de la ventanilla vio al alcalde tomar el papel, acercarse al farol, quitarse humildemente el sombrero, besar la orden y devolviéndola al que se la había presentado, tomar otro rumbo sin más averiguación.

Algunos minutos después la calle había vuelto a quedar oscura y silenciosa.

—Comienzo a vengarme —exclamó la mujer y cerró la ventana.

Cuando la luz del aposento iluminó su rostro, se pudo ver que aquella mujer era doña Inés de Medina.

Estaba densamente pálida, pero brillaba en sus ojos una inmensa alegría.

En el interior de aquella casa velaba al mismo tiempo otra persona: el marqués de Río Florido.

Cuando doña Inés cerraba la ventana, después de haber presenciado la escena de la ronda, el marqués se metía alegremente en el lecho, exclamando:

—¡Ah! reverendísimo padre Nitardo, en esta vez sólo que el demonio mismo te avise podrás escapar: dentro de tres horas, ya todos nuestros trabajos estarán fuera de tu alcance. De vencer tiene el príncipe don Juan, y yo de ser tengo también virrey y capitán general de la Nueva España.


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