Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En donde se refiere cuán expedita y ejecutiva era la justicia de S. M. doña MarĂa Ana de Austria cuando se trataba de su confesor
El padre Nitardo llegó hasta la recámara de la reina, en donde le esperaba ya doña Eugenia para introducirle.
—Don Fernando —dijo el padre— será prudente que me aguardes aquĂ con tu esposa; quizá mientras hablo con S. M. llegue en demanda mĂa Benavides, suplica en mi nombre a doña Eugenia que me entre el aviso aunque hable yo con S. M. en ese momento, que cosa debe ser muy importante al real servicio.
—Cumpliré, señor —dijo Valenzuela.
El padre penetró en la cámara de la reina.
Doña MarĂa Ana de Austria le esperaba sentada en un sitial cerca de una mesa en la que leĂa un devocionario a la luz de dos bujĂas de cera.
La luz de aquellas bujĂas alumbraba apenas la real cámara y hacĂa resaltar en la oscuridad del tapiz de las paredes y de los muebles los soberbios recamos de oro de las blasonadas colgaduras y sitiales.
Doña MarĂa Ana de Austria vestĂa un severo traje de terciopelo negro; era el luto que siempre conservĂł por el difunto rey.
La reina aĂşn era joven, y a pesar de sus negras tocas de viuda era una mujer hermosa.