Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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IX

En donde se refiere cuán expedita y ejecutiva era la justicia de S. M. doña MarĂ­a Ana de Austria cuando se trataba de su confesor

El padre Nitardo llegó hasta la recámara de la reina, en donde le esperaba ya doña Eugenia para introducirle.

—Don Fernando —dijo el padre— será prudente que me aguardes aquĂ­ con tu esposa; quizá mientras hablo con S. M. llegue en demanda mĂ­a Benavides, suplica en mi nombre a doña Eugenia que me entre el aviso aunque hable yo con S. M. en ese momento, que cosa debe ser muy importante al real servicio.

—Cumpliré, señor —dijo Valenzuela.

El padre penetró en la cámara de la reina.

Doña María Ana de Austria le esperaba sentada en un sitial cerca de una mesa en la que leía un devocionario a la luz de dos bujías de cera.

La luz de aquellas bujías alumbraba apenas la real cámara y hacía resaltar en la oscuridad del tapiz de las paredes y de los muebles los soberbios recamos de oro de las blasonadas colgaduras y sitiales.

Doña María Ana de Austria vestía un severo traje de terciopelo negro; era el luto que siempre conservó por el difunto rey.

La reina aĂşn era joven, y a pesar de sus negras tocas de viuda era una mujer hermosa.


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