Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¡Oh sí! —exclamó con gran excitación la reina— que ese hombre muera, que muera sin remisión; así comprenderán todos esos conspiradores a cuanto se exponen; basta ya de sufrimiento y de condescendencia; yo soy la reina, y si por serlo sufro y padezco y tengo que contrariar mis inclinaciones y que ocultar mis simpatías, que hacer muchas cosas que no estaría obligada a hacer la viuda de un labriego; que me respeten, que me teman, que sepan que soy su reina, su señora; ellos, la nobleza, me tiranizan y me atacan; bien, acepto el reto, María Ana de Austria es aún la reina; ahora verán cómo sabe castigar, escribid, señor.

María Ana de Austria estaba en un momento de febril exaltación, sucesos desconocidos y secretos que quizá conocerán más adelante nuestros lectores, habían llegado a excitar de tal manera su temperamento que no necesitaba más que un incidente cualquiera para poder estallar.







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