Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—En esta noche han tomado ya una resolución: trátase de entregar el Bravante a los franceses, de levantar al pueblo de Madrid, y de hacerme morir en medio del tumulto, para obligar a V. M. a llamar a su consejo al príncipe.

—¡Desleales, jamás lo conseguirán! ¿Y qué habéis hecho?

—He mandado aprehender al emisario que debía salir a conferenciar con el príncipe don Juan, y a él deben encontrársele los papeles que dan mayor luz a este negocio.

—¿Y quién es ese emisario?

—Aún lo ignoro; he prohibido al encargado de prenderle que se le reconozca, con objeto de que en la corte no se divulgue la noticia de su prisión si es personaje conocido, y así no le llegue el aviso al príncipe y se embarque sin dificultad para su destino.

—Ese hombre sea quien fuere debe morir.

—Mi carácter sacerdotal me prohíbe aconsejar se ordenen medidas de esa naturaleza, V. M. en sus altos designios podrá disponer, si quiere, que se haga un saludable y ejemplar escarmiento.


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