Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Tan grave es, señora, que me he atrevido a pedir audiencia a V. M. a hora que no debía ya de ocuparse de negocios.

—La suerte de los reyes —dijo doña María Ana— es envidiada del vulgo, que no conoce que son los reyes los que menos pueden disponer de su voluntad y de su corazón, y que momentos, y no muy raros, tienen de envidiar a su vez la suerte del último de sus vasallos.

Había en el acento de la reina y en sus palabras tan profunda tristeza que el padre Nitardo se sintió conmovido.

—Sea el gran consuelo de V. M. en estas tribulaciones —dijo el padre Nitardo— que todo es para mayor honra y gloria de Dios; que lugar preferente guarda entre sus escogidos a todos los que han llorado sobre la tierra.

—Dios me envíe resignación como me envía penas y dolores, ¿qué negocio os hace llegar aquí a esta hora?

—Una nueva conspiración de los partidarios de don Juan.

—Siempre don Juan, siempre don Juan: ese hombre no podía negar que a la real sangre de los príncipes de la casa de Austria, tiene mezclada la plebeya de la Calderona, de la cómica: ¿y qué hay, pues, de nuevo?


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