Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Pero la nobleza se alarmará viendo atacados sus fueros.

—¿Y el rey no debe alarmarse al ver invadidos sus sagradas atribuciones? ¿De cuándo acá los reyes no son libres para tener cerca de sí, en su consejo, a las personas que quieran?

—Sin embargo, señora, perdóneme V. M., pero la nobleza va a sentirse herida en el corazón al ver uno de los suyos morir en el garrote.

—¿Puedo elevar a un plebeyo hasta la grandeza de España?

—Sin duda basta para ello la voluntad de V. M.

—Pues entonces… escribid.

El padre Nitardo comprendió lo que aquello quería decir y escribió la orden.

La reina seguía con los ojos el movimiento de aquella pluma, y los caracteres que se iban dibujando en el papel, abriendo el sepulcro de un hombre.

Cuando conoció que el padre había concluido, extendió la mano para tomar la pluma, y con pulso tranquilo puso la firma.

—¿Estará ya preso ese hombre? —preguntó la reina.

—Sí, señora —dijo el padre Nitardo mirando una muestra— han dado ya las dos.

—¿Y cómo sabremos la realidad?


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