Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Dentro de muy poco tiempo vendrá al palacio la persona encargada de su aprehensión, con los papeles que se le hayan encontrado.

—¿Tardará?

—Creo que no; si V. M. me permite, iré a ver…

—No hay necesidad, quedaos… no quiero estar sola.

La reina calló, y el padre también quedó en silencio; se podía oír el ruido de la atmósfera que rozaba contra las paredes, y los ligeros estallidos de las bujías.

Los dos meditaban. Así pasó un largo rato, y la reina no daba la menor muestra de impaciencia.

Llamaron suavemente a la puerta; aquellos golpes eran más bien para adivinarlos que para escucharlos.

—¿Me permite V. M.? —dijo el padre levantándose y dirigiéndose a la puerta.

La reina inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

El padre abrió la puerta y se encontró con doña Eugenia.

—Benavides pregunta por S. E. —dijo la dama.

El padre salió dejando a la reina sola, pero María Ana de Austria estaba tan engolfada en sus meditaciones que nada observó.


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