Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Qué hay? —preguntó el padre a Benavides, a quien encontró en la antecámara hablando con don Fernando.

—El hombre está preso, y aquí están los papeles que llevaba —contestó Benavides, entregando un grueso cartapacio.

—Bien: toma esa orden, infórmate de ella y que se cumpla.

El padre entregó a Benavides la orden que había firmado la reina, y tomando los papeles que le presentaba Benavides volvió a entrarse a la cámara real.

Benavides abrió la orden, miró la firma, la besó, y comenzó a leer.

Doña Eugenia y Valenzuela lo observaban.

Repentinamente cambió Benavides de color y exclamó:

—Jesús lo ampare.

—¿Qué sucede? —dijeron a un tiempo don Fernando y su esposa.

—¡Silencio por Dios! —exclamó trémulo Benavides—, lo que os voy a decir es un secreto terrible, pero necesito contarlo, porque me ahogo.

—¿Qué hay, pues?

—Ésta es una orden para que en el término de tres horas se dé garrote a un hombre a quien acabo de aprehender.

—Infeliz —exclamó doña Eugenia.


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