Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¡Oh! pero aún no lo sabéis todo —dijo en voz baja Benavides— ¿sabéis quién es ese hombre que dentro de tres horas debe morir en el garrote?

—¡Quién! ¡Quién!

—Guardad el secreto —continuó Benavides, paseando en derredor sus inquietas miradas— ese hombre… es… don José de Mallades.

—Dios nos asista —exclamó Valenzuela.

—Desgraciada Laura —dijo doña Eugenia cayendo desplomada en un sitial—. Se lo había yo pronosticado.

Don Fernando acudió al socorro de su esposa, que parecía próxima a desmayarse, y Benavides, como espantado de la revelación que acababa de hacer, salió precipitadamente.

Daban en este momento las tres de la mañana.

El padre Nitardo, delante de la mesa, abría las cartas que le habían quitado al preso, y daba cuenta a S. M.


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