Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De lo que pasaba a las seis de la mañana
Don José de Mallades, pues que ya sabemos que había sido el preso, fue con el mismo sigilo trasladado de las prisiones de la inquisición a un oscuro calabozo de la cárcel real.
Mallades comprendía que había sido denunciado y que los papeles que le habían arrebatado lo comprometían en gran manera; pero muy lejos estaba de creer la suerte que le aguardaba.
Don José tenía confianza en la protección y amistad que le dispensaba el príncipe don Juan de Austria.
El príncipe tenía enemigos terribles en la corte, la reina le quería mal, pero el señor don Juan de Austria era un señor muy poderoso, capaz de hacer temblar a la corte con uno solo de sus movimientos, y Mallades sentía proyectarse en su misma prisión la sombra augusta de su protector.
Esperaba que al día siguiente sus amigos tuvieran noticia de lo que le había acontecido, que escribirían al príncipe y que éste muy pronto lo haría poner en libertad.
¡Ah y cómo pensaba reír a costa del padre Nitardo, cuando estuviera libre!
Mallades estaba entregado a estos alegres pensamientos cuando oyó que corrían los fuertes cerrojos de su calabozo.