Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Se abrió la puerta, y Mallades se sintió conmovido. A la rojiza luz del farol del carcelero, y a la pálida claridad de la mañana que penetraba por una claraboya, le pareció distinguir a un sacerdote.

Quiso calmar su ánimo él mismo, y pensó:

—Será otro preso, tendrá compañía al menos.

—Don José de Mallades —dijo el carcelero.

—¿Qué se ofrece? —contestó desdeñosamente don José.

—Dentro de una hora, se os dará garrote; aquí tenéis a este reverendo padre para arreglar vuestros asuntos con Dios.

Un rayo que hubiera caído a los pies de don José, le habría hecho quizá menos efecto que aquella sentencia de muerte notificada de una manera tan brutal.

Don José era un valiente, y sin embargo, su vista se nubló, sintió que iba caer y se apoyó en el muro.

Pero muy pronto, el valor y la reflexión, dominaron la impresión del momento.

—Quizá —pensó— tratan de acobardarme…

Y animado con esta idea, exclamó dirigiéndose al carcelero y mostrándole la puerta con ademán resuelto.

—Está bien, sal de aquí.

El carcelero obedeció, y don José quedó sólo con el sacerdote.


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