Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Los dos se miraron largo rato, y ninguno se atrevía a romper el silencio hasta que Mallades haciendo un esfuerzo exclamó:

—Padre, ¿creéis que verdaderamente voy a morir?

—Lo creo, contestó el padre, lo creo, y como cristiano os ruego que os dispongáis santamente para tan tremendo viaje.

Don José volvió a palidecer; la seguridad con que le hablaba aquel sacerdote, disipaba sus ilusiones: comenzó entonces a creer que realmente iba a morir.

La predicción del astrólogo resonó en sus oídos de una manera distinta, como si la estuviese escuchando en aquel momento.

Todas sus ideas parecían detenerse ante aquella palabra espantosa que miraba como escrita siempre delante de sus ojos y en todas partes: «Muerte».

El carcelero no estaba ya allí, don José se encontraba sólo con el sacerdote, es decir, sólo con su conciencia, sólo con su mismo pensamiento, sólo con Dios.

El sacerdote comprendió lo que estaba pasando en aquella alma atribulada y habló.

Su voz era dulce, vibrante de cariño, llena de unción, como la voz de un enviado, de un ministro del Señor.


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