Las cartas secretas del monje que vendió su ferrari
Las cartas secretas del monje que vendió su ferrari Jonathan apretó la mandíbula. Todo esto era ridículo. Y sin embargo… algo en su interior, algo que había tratado de silenciar por años, despertó.
Días después, sin entender del todo por qué, estaba en un avión rumbo a Buenos Aires, con un sobre en su bolsillo y la sensación de que acababa de saltar al vacío.
El avión aterrizó en Buenos Aires bajo un cielo plomizo. Jonathan salió del aeropuerto con una mochila al hombro y la sensación de que todo era un error. Miró su teléfono. Cuarenta y siete correos sin leer. Veintitrés mensajes de trabajo. Respiró hondo y lo apagó.
La dirección que Julian le había dado lo llevó a San Telmo, un barrio donde las calles eran de adoquines y las paredes contaban historias con grafitis de colores. El bar que buscaba era un rincón oscuro, donde el sonido del tango flotaba en el aire junto con el humo de cigarrillos.
Un hombre de traje blanco lo esperaba en una mesa apartada.
—Jonathan Landry —dijo el hombre, con acento porteño—. Te esperaba.
Jonathan se sentó con cautela.
—¿Quién eres?
