Instrucciones para salvar el mundo
Instrucciones para salvar el mundo Mientras tanto, Daniel atiende un hospital que se cae a pedazos. El olor a desinfectante no disimula la muerte que se filtra por los pasillos. Vive entre guardias y cenas precocinadas, sin compañía. Su único contacto humano son los pacientes y una prostituta a la que visita con una mezcla de deseo y culpa. Su nombre es Soraya.
Pero ella no lo ve como un cliente más. Entre los dos hay una tensión rara, a veces tierna, a veces incómoda. Soraya se burla de él, lo desafía, lo pone a prueba. Daniel no sabe qué hacer con esa mujer que parece ver más allá de su bata de médico.
Y en otro rincón del mapa, Cerebro —la anciana científica— cuida de su marido enfermo, un hombre sin lenguaje, apenas un cuerpo. Vive encerrada en su apartamento como una ermitaña con computadora. Sus pensamientos son su única compañía: fórmulas, recuerdos, preguntas sin resolver. Habla con su esposo como si aún pudiera entenderla. Lo alimenta. Lo lava. Y espera.
Cuatro líneas rectas. Cuatro soledades paralelas. Pero la ciudad, caótica como es, empieza a curvar sus trayectorias.
Soraya vuelve a subir al taxi de Matías. No es casualidad. Nunca lo es. Le da conversación. Le da su número. Él no sabe qué hacer con eso. ¿Una prostituta intentando ayudar a un hombre roto?
