Cyrano de Bergerac

Cyrano de Bergerac

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debía castigar: ese trabajo

era impropio de mí por ser tan bajo,

y hacerlo les mandé… de cualquier modo.

(Silencio angustioso.)

EL CADETE.—(A media voz, a CYRANO, mostrándole los sombreros.)

¿Y qué hago yo con ellos? Es grasiento

el trofeo cual propio de mendigos

¿Un guisado?

CYRANO.—(Tomando la espada en que están ensartados y haciéndolos caer, con un saludo, a los pies del de GUICHE.)

Señor, os los presento:

devolverlos podéis a los amigos.

GUICHE.—(Secamente; levantándose.)

¡Mi silla! ¡Basta ya! ¡Seguid, señores!

(A CYRANO, violentamente.)

¡Vos, caballero!…

UNA VOZ.—(Gritando en la calle.)

¡Aquí los servidores

de monseñor el conde!

GUICHE.—(Que se ha dominado, sonriendo.)

¿Conocido

os es el «Don Quijote»?

CYRANO.

Lo he leído,

y ante ese loco insigne me descubro.


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