Ensayo sobre el origen de las lenguas
Ensayo sobre el origen de las lenguas ¡Qué, pues! ¿Antes de eso los hombres nacían de la tierra? ¿Las generaciones se sucedían sin que los dos sexos estuviesen unidos y sin que nadie comprendiera nada? No: había familias, pero no había naciones; había lenguas domésticas, pero no había lenguas populares; había matrimonios, pero no había amor. Cada familia se bastaba a sí misma y no se perpetuaba más que por su sangre: los hijos, nacidos de los mismos padres, crecían juntos, y poco a poco encontraban modos de comunicarse entre sí; los sexos se distinguían con la edad; la inclinación natural bastaba para unirlos, el instinto ocupaba el lugar de la pasión, la costumbre el de la preferencia, se llegaba a ser marido y mujer sin haber dejado de ser hermano y hermana[9]. No había ahí nada lo suficientemente animado para soltar la lengua, nada que pudiera arrancar con suficiente frecuencia acentos de pasión ardiente para convertirlos en instituciones: y se puede decir otro tanto de las necesidades raras y poco imperiosas que podían llevar a algunos hombres a concurrir en trabajos comunes; uno empezaba la pileta de una fuente y el otro la acababa en seguida, a menudo sin necesidad del menor acuerdo y algunas veces hasta sin haberlo visto. En una palabra, en los climas dulces, en los terrenos fértiles, fue precisa toda la vivacidad de las pasiones agradables para empezar a hacer hablar a los habitantes: las primeras lenguas hijas del placer y no de la necesidad, llevaron durante mucho tiempo la huella de su padre; sus acentos seductores sólo se desvanecieron con los sentimientos que los habían hecho nacer, cuando nuevas necesidades, introducidas entre los hombres, obligaron a cada uno a ocuparse solamente de sí mismo y a retirar su corazón a su propia intimidad.