Ensayo sobre el origen de las lenguas

Ensayo sobre el origen de las lenguas

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Un sonido lleva consigo todos sus sonidos armónicos concomitantes, en las relaciones de fuerza y de intervalo que deben guardar entre sí para dar la más perfecta armonía de ese mismo sonido. Añadidle la tercera o la quinta, o alguna otra consonante; no la añadís, la dobláis; dejáis intacta la relación de intervalo pero alteráis la de fuerza. Al dar más fuerza a una consonante y no a las otras, rompéis la proporción; queriéndolo hacer mejor que la naturaleza, lo hacéis peor. A fuerza de ser halagados, vuestros oídos y vuestro gusto se han echado a perder por un arte mal entendido. Naturalmente no hay otra armonía que la del acorde.

El señor Rameau sugiere que las notas agudas de cierta sencillez sugieran naturalmente las notas graves y que un lego dueño de un oído justo entonará naturalmente esas notas graves. Ese es un prejuicio de músico, que se ve desmentido por cada experiencia. No solamente quien nunca haya oído ni las notas agudas ni la armonía, no encontrará por sí mismo ni esa armonía ni esas notas graves sino que hasta le disgustarán si se le hacen oír, y preferirá con mucho el simple acorde.

Si se calculasen en mil años las relaciones de los sonidos y las leyes de la armonía, ¿cómo se haría de ese arte un arte de imitación? ¿Dónde está el principio de esa presunta imitación? ¿De qué es signo la armonía? ¿Y qué hay de común entre los acordes y nuestras pasiones?


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