Ensayo sobre el origen de las lenguas
Ensayo sobre el origen de las lenguas Ese canto ruidoso, unido a la inflexibilidad del órgano, obligó a esos recién llegados y a los pueblos sometidos que los imitaron a retardar todos los sonidos para poderlos oír. La ardua articulación y los sonidos reforzados concurrieron igualmente a desterrar de la melodía todo sentimiento de medida y de ritmo. Como lo que resulta más difícil pronunciar es siempre el paso de un sonido a otro, no se podía hacer otra cosa mejor que detenerse el mayor tiempo posible sobre cada uno, inflarlo, hacerlo retumbar lo más que se podía. Pronto el canto no fue otra cosa que una molesta y lenta secuencia de sonidos arrastrados y gritaba, sin dulzura, sin medida y sin gracia; y pese a que algunos sabios dijeron que había que observar las largas y las breves en el canto latino, se cantó el verso como si fuera prosa, y ya no fue cuestión de pies, de ritmo, ni de ninguna especie de canto medido.
Despojado así de toda melodía y apenas constituido por la fuerza y la duración de los sonidos, el canto debió sugerir, en fin, los medios de hacerlo aún más sonoro mediante el auxilio de las consonantes. Arrastrando sin cesar y al unísono sonidos de una duración ilimitada, varias voces encontraron por casualidad algunos acordes que, reforzando el ruido, lo hicieron parecer agradable; así comenzó la práctica del discanto y del contrapunto.