Ensayo sobre el origen de las lenguas

Ensayo sobre el origen de las lenguas

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Ignoro durante cuántos siglos dieron vueltas los músicos alrededor de vanas cuestiones que el efecto conocido de un principio ignorado les hizo debatir. El más infatigable lector no tolerará en Jean de Muris la verborrea de ocho o diez grandes capítulos para saber, en el intervalo de la octava cortada en dos consonancias, si es la quinta o, la cuarta la que debe estar en la grave; y cuatrocientos años después se encuentran todavía en Montempi enumeraciones no menos fastidiosas de todos los graves que debe llevar la sexta en lugar de la quinta. Con todo, la armonía tomó insensiblemente el camino que le prescribe el análisis, basta que al fin la invención del modo menor y de las disonancias pudo introducir ahí la arbitrariedad de que está llena y que sólo el prejuicio nos impedía advertir.

Como la melodía estaba olvidada y la atención del músico estaba enteramente volcada hacia la armonía, todo se dirigió paulatinamente sobre ese nuevo objeto; los géneros, los modos, la gama, todo recibió un rostro nuevo; fueron las sucesiones armónicas las que regularon el desarrollo de las partes. Como ese desarrollo había usurpado el nombre de melodía, efectivamente no se pudieron negar en esa nueva melodía los rasgos de su madre; y como de ese modo nuestro sistema musical se hizo grado a grado puramente armónico, no sorprende que el acento oral se haya visto afectado y que la música haya perdido para nosotros casi toda su energía.


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