Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio Los dedos de nuestra encantadora superiora acariciaban los pezones de mi seno, y su lengua se agitaba en mi boca. En seguida se dio cuenta de que sus caricias actuaban sobre mis sentidos con tal Ãmpetu que casi me sentÃa mal.
—¡Oh, joder! —dijo, sin contenerse ya y sorprendiéndome por la energÃa de sus expresiones—. ¡Dios santo, qué temperamento! Amigas mÃas, dejemos de entorpecernos: ¡al diablo todo lo que todavÃa vela a nuestros ojos atractivos que la naturaleza no creó para que estuviesen ocultos!
A continuación, tirando las gasas que la envolvÃan, apareció a nuestra vista bella como la Venus que inmortalizaron los griegos. Imposible estar mejor hecha, tener una piel más blanca… más suave… unas formas más hermosas y mejor pronunciadas. Euphrosine, que la imitó casi en seguida, no me ofreció tantos encantos; no estaba tan rellena como Madame Delbène; un poco más morena, quizás debÃa gustar menos en general; pero ¡qué ojos!, ¡qué ingenio! Emocionada con tantos atractivos, muy solicitada por las dos mujeres que los poseÃan a que renunciase, como ellas, a los frenos del pudor, podéis creer que me rendÃ. Dentro de la más dulce embriaguez, la Delbène me lleva hasta su cama y me devora a besos.