Juliette o Las prosperidades del vicio

Juliette o Las prosperidades del vicio

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—Desde que entrasteis en esta casa —me dice Madame Delbène, besándome negligentemente en la frente— estoy deseando conoceros íntimamente. Sois muy bella, parecéis inteligente, y las jóvenes que se parecen a vos tienen derechos seguros sobre mí… Enrojecéis, pequeño ángel; os lo prohíbo: el pudor es una quimera, resultado únicamente de las costumbres y de la educación, es lo que se llama un hábito; si la naturaleza ha creado al hombre y a la mujer desnudos, es imposible que al mismo tiempo les haya infundido aversión o vergüenza por aparecer de tal forma. Si el hombre hubiese seguido siempre los principios de la naturaleza, no conocería el pudor: verdad fatal que prueba, querida hija mía, que hay virtudes cuya cuna no es otra que el olvido total de las leyes de la naturaleza. ¡En qué quedaría la moral cristiana si escrutásemos de esta forma todos los principios que la componen! Pero ya charlaremos de todo esto. Hablemos hoy de otra cosa, y desvestíos como nosotras.

Después, acercándose a mí, las dos bribonas, riéndose, me pusieron pronto en el mismo estado que ellas. Entonces los besos de Madame Delbène tomaron un carácter muy diferente…

—¡Qué bonita es mi Juliette! —exclamó con admiración—; ¡cómo empieza a hincharse su delicioso y pequeño seno! Euphrosine: lo tiene más grande que el tuyo… y, sin embargo, apenas tiene trece años.


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