Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio —¡Oh!, Juliette —me dice—, ¡cuánto me gusta alimentarme con este agradable alimento!… Es pura crema.
Después, habiendo dicho al joven que se metiese en la cama, y sobre todo, que no se durmiese hasta que nos reuniésemos con él, me hizo pasar a su cuarto.
—Juliette —me dice—, tengo que informarte de las particularidades de un asunto del que el mismo Noirceuil no está muy al corriente. La marquesa de Rose, una de las mujeres más hermosas de la corte, fue en otro tiempo mi amante y el muchacho que ves aquà me pertenece. Hace dos años que estoy enamorado de ese joven, sin que nunca haya consentido la marquesa en entregármelo. Al no estar todavÃa mi crédito bien asentado, no quise arriesgarme; pero al ver elevarse últimamente mi favor sobre las ruinas del suyo, ya no he dudado en hacerla sospechosa, para vengarme de haber gozado de ella y de haberse opuesto a que goce de su hijo. Ahora ves que tiene miedo, me lo envÃa, en verdad, en un momento en que, después de haber descargado mucho por él durante dieciocho meses, no me excita ya más que muy mediocremente; sin embargo, como hay bonitos ramalazos de crÃmenes en toda esta aventura, quiero recogerlos y divertirme. En primer lugar, voy a aceptar los cien mil escudos de la condesa, quiero fornicar bien a su hijo: pero su salida de la Bastilla no la hará más que en un cofre.
—¿Qué quieres decir con esa expresión?