Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor Hace mucho tiempo que se dijo que la cosa más inútil del mundo era probar a una mujer; los medios de hacerla sucumbir son tan conocidos, su debilidad tan segura, que las tentativas se vuelven completamente superfluas. Las mujeres, como las ciudades en guerra, tienen todas un lado sin defensa; sólo se trata de buscarlo. Una vez descubierto, la plaza pronto se rinde; este arte, como todos los demás, tiene unos principios, de los que pueden deducirse algunas reglas particulares en razón de los diferentes fÃsicos que caracterizan a las mujeres a las que se ataca[66].
Hay, sin embargo, algunas excepciones a esas reglas generales, y para probarlas se escribe la historia.
El duque de Ceilcour, de treinta años de edad, lleno de ingenio, de una apostura encantadora y, cosa que vale más que estas ventajas porque hace valer todas las demás, era dueño de ochocientas mil libras de renta que gastaba con un gusto y una magnificencia incomparables, habÃa puesto en su lista, desde hacÃa cinco años que gozaba de esta prodigiosa fortuna, a treinta por lo menos de las mujeres más bonitas de ParÃs y, como empezaba a cansarse, antes de ser totalmente insensible Ceilcour quiso contraer matrimonio.