Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor Poco satisfecho de las mujeres que habÃa conocido, por no haber hallado en todas más que artificiosidad en lugar de franqueza, aturdimiento en lugar de razón, egoÃsmo en lugar de humanidad, y jerga en lugar de sentido común…, por haber visto a todas guiarse exclusivamente por motivos de interés o de placer, por no haber encontrado en su posesión más que pudor sin virtud, o libertinaje sin voluptuosidad, Ceilcour se volvió exigente y, para no equivocarse lo más mÃnimo en un asunto del que dependÃa el reposo y la felicidad de su vida, decidió poner en práctica al mismo tiempo cuanto podÃa seducir y cuanto, una vez asegurada su victoria, podÃa convencerle, destruyendo la ilusión a la que quizá la debÃa, de lo que realmente le habÃa valido su conquista. Esta clase de maniobra era segura para conducirle hasta una apreciación racional; pero ¡cuántos peligros la rodeaban! ¿HabÃa en el mundo una mujer que pudiera resistir la prueba? Y si la ebriedad de los sentidos en que Ceilcour querÃa sumirla primero conseguÃa entregársela, ¿resistirÃa ella en la caÃda del prestigio, amarÃa en última instancia a Ceilcour por sà mismo, o no amarÃa en él más que su artificio? La estratagema era muy peligrosa; cuanto más se daba cuenta, más determinado estaba a entregarse de modo irremisible a aquella cuyo desinterés quedara suficientemente al descubierto por no amar en él más que a él mismo y por reducir a la nada el fasto de que él iba a rodearse en su propósito de seducirla.