Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor La otra, la condesa de Nelmours, igualmente viuda y de veintiséis años de edad, poseía una clase de belleza que no era del mismo tipo; una fisonomía marcada, rasgos un poco a la romana, ojos bellísimos, una estatura alta y poderosa, más majestad que gentileza, menos atractivos que pretensiones, un carácter exigente e imperioso, una inclinación excesiva al placer, mucho ingenio, bastante mal corazón, elegancia, coquetería y, a su espalda, dos o tres aventuras, no lo suficientemente claras para empañar su reputación, pero demasiado públicas, no obstante, para que no fuera acusada de imprudencia.
De no escuchar más que a su vanidad o a su interés, Ceilcour no hubiera dudado un momento. En París no había posesión de una mujer tan lisonjera como la de Mme. de Nelmours. Arrastrarla a un segundo himeneo era una especie de victoria que nadie osaba pretender; mas el corazón no siempre escucha ese tropel de consideraciones con que el amor propio se nutre: deja que el orgullo las observe, y se decide sin consultarle.
Ésa era la pretensión de M. de Ceilcour. Aunque sintiera en sí un gusto bastante vivo por Mme. de Nelmours, al analizar el sentimiento que experimentaba reconocía en él más ambición que delicadeza, y mucho menos amor que pretensión.