Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor —Milord —dice con la tranquilidad más valiente—, tengo una confianza tan grande en ese regreso inesperado que estoy dispuesta a concederos graciosamente lo que podrÃais obtener por la fuerza. Aunque el cielo no haya legitimado nuestra unión, no dejaré de cumplir esta noche los deberes que exigÃs. Os ruego, por tanto, que pospongáis la celebración a Londres; siento cierta repugnancia a hacerla lejos de los ojos de mi madre… Poco os importe, Granwel, desde que voy a someterme igualmente a todos vuestros arrebatos.
Aunque Granwel hubiera deseado convertirse realmente en esposo de aquella muchacha, veÃa con una especie de alegrÃa maligna que ella consintiese todavÃa en arriesgarse a ser su vÃctima y, previendo que tras una noche de goce quizá no tuviera él tanta delicadeza, consintió de todo corazón en lo que ella querÃa. Todo fue tranquilidad el resto del dÃa: nada se cambió siquiera en la fúnebre decoración, por ser esencial que las sombras más espesas de la noche presidiesen la inhumación del desventurado Williams.