Los Crímenes del amor

Los Crímenes del amor

—Granwel —dijo miss Stralson en el instante de retirarse—, imploro un nuevo favor: después de todo lo que ha pasado esta mañana, ¿seré capaz de no estremecerme cuando me vea en brazos del asesino de mi amado? Permitid que ninguna luz ilumine el lecho en que vais a recibir mi juramento: ¿No debéis ese miramiento a mi pudor? ¿No he conseguido con suficientes desgracias el derecho a obtener lo que imploro?

—Ordenad, miss, ordenad —responde Granwel—, muy injusto tendría que ser para negaros tales cosas. No me cuesta mucho imaginar la violencia que tenéis que haceros, y permito de todo corazón lo que puede disminuirla.

Miss se inclina, y vuelve a su habitación mientras Granwel, encantado con sus infames éxitos, se aplaude en silencio por haber triunfado al fin sobre su rival. Se acuesta; se llevan las antorchas; Henriette es avisada de que ha sido obedecida, y de que cuando quiera puede pasar a la habitación nupcial… Acude, iba armada con un puñal que ella misma había arrancado del corazón de su amante… Se acerca… Con el pretexto de guiar sus pasos, una de sus manos se asegura del cuerpo de Granwel, hunde en él con la otra el arma que sostiene, y el malvado rueda por tierra blasfemando contra el cielo y contra la mano que le hiere.


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