Los Crímenes del amor

Los Crímenes del amor

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Henriette sale inmediatamente de aquella habitación; gana temblando el lugar fúnebre donde reposa Williams; sostiene una lámpara en la mano, en la otra el puñal ensangrentado con el que acaba de cumplir su venganza…

—Williams —exclama—, el crimen nos desunió, la mano de Dios va a unirnos… Recibe mi alma, oh tú, al que idolatré toda mi vida; va a aniquilarse en la tuya para no separarse nunca de ella…

Tras estas palabras, se hiere y cae palpitante sobre aquel cuerpo frío al que, con un movimiento involuntario, su boca sigue presionando con sus últimos besos.

Estas funestas noticias llegaron pronto a Londres, Granwel fue muy poco lamentado. Desde hacía mucho tiempo sus defectos le volvían odioso. Gave, temiendo verse mezclado en aquella terrible aventura, pasó inmediatamente a Italia, y la desventurada lady Stralson volvió sola a Herreford, donde no cesó de llorar las dos pérdidas que acababa de tener, hasta el instante en que el Eterno, conmovido por sus lágrimas, se dignó llamarla a su seno y reunirla, en un mundo mejor, con las personas queridas, y tan dignas de serlo, que le habían sido quitadas por el libertinaje, la venganza, la crueldad… en fin, por todos los crímenes nacidos del abuso de riquezas, del prestigio, y, más que nada, del olvido de los principios del hombre honesto, sin los cuales, ni nosotros ni cuanto nos rodea podemos ser felices en la tierra.


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