Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor La señorita de Faxelange acababa de cumplir los dieciséis años. Tenía una de esas especies de caras románticas en las que todos y cada uno de sus rasgos pintan una virtud[82]; piel blanquísima, bellos ojos azules, boca algo grande, pero bien adornada, un talle flexible y ligero, y el pelo más hermoso del mundo. Su espíritu era dulce como su carácter; incapaz de hacer el mal, no podía siquiera imaginar que se pudiera cometerlo; era, en una palabra, la inocencia y el candor embellecidos por la mano de las Gracias. La señorita de Faxelange era instruida; no habían ahorrado nada en su educación; hablaba perfectamente inglés o italiano, tocaba varios instrumentos y pintaba miniaturas con gusto. Hija única y destinada, por consiguiente, a poseer un día los bienes de su familia, aunque medianos, debía esperar un matrimonio ventajoso, y ésa era desde hacía dieciocho meses la única ocupación de sus padres. Pero el corazón de Mlle. de Faxelange no había esperado el consentimiento de los autores de sus días para atreverse a darse por entero: hacía más de tres años que no era ya dueña de él. El señor de Goé, que era algo pariente suyo y que iba con frecuencia a su casa a este título, era el objeto querido de aquella tierna muchacha; le amaba con una sinceridad… una delicadeza que recordaba esos sentimientos preciosos de la edad antigua, tan corrompidos por nuestra depravación.