Los Crímenes del amor

Los Crímenes del amor

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El señor de Goé merecía sin duda esa felicidad; tenía veintitrés años, un hermoso talle, una figura encantadora y un carácter de franqueza totalmente hecho para simpatizar con el de su bella prima. Era oficial de dragones, pero no muy rico; necesitaba una joven con una buena dote, así como su prima un hombre opulento, pues, aunque heredera, no tenía una fortuna inmensa, como acabamos de decir; por consiguiente, los dos veían de sobra que sus intenciones nunca se cumplirían, y que la pasión en que ambos ardían se consumiría en suspiros.

El señor de Goé nunca había participado a los padres de la señorita de Faxelange los sentimientos que tenía por su hija: se temía una negativa, y su orgullo rechazaba la posibilidad de ponerse en situación de escucharla. La señorita de Faxelange, mil veces más tímida aún, también se había guardado mucho de decir una palabra. De este modo, aquella dulce y virtuosa intriga amorosa estrechada por los nudos del más tierno amor se nutría en paz a la sombra del silencio, pero, por lo que pudiera ocurrir, ambos se habían prometido no ceder a ninguna petición y no ser nunca sino el uno para el otro.

Nuestros jóvenes enamorados estaban en este punto cuando un amigo de M. de Faxelange fue a pedir a éste permiso para presentarle a un hombre de provincias que acababa de serle recomendado indirectamente.


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