Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor Desdichado con sus hijos lo mismo que con su esposa, M. de Courval, que sólo había tenido dos, una niña que había perdido muy joven, y un niño que a la edad de quince años le había abandonado como su mujer, y desgraciadamente por los mismos principios de desenfreno, y no creyendo que ningún suceso debiera encadenarlo nunca a semejante monstruo, M. de Courval, digo, pensaba en consecuencia desheredarlo y dar sus bienes a los hijos que esperaba obtener de la nueva esposa que deseaba tomar. Poseía quince mil libras de renta; dedicado en el pasado a los negocios, ese capital era el fruto de su trabajo, y las gastaba como hombre honesto con algunos amigos que lo apreciaban, lo estimaban y lo veían tan pronto en París, donde ocupaba un bonito apartamento en la calle Saint-Marc, como, con más frecuencia todavía, en una pequeña finca deliciosa, cercana a Nemours, donde M. de Courval pasaba los dos tercios del año.
Este hombre honrado confió el proyecto a sus amigos y, viéndolo aprobado por ellos, les rogó con insistencia que se informaran, entre sus relaciones, sobre una persona de treinta a treinta y cinco años, viuda o soltera, que pudiera cumplir su propósito.
Dos días después, uno de sus antiguos cofrades fue a decirle que creía haber encontrado decididamente lo que le convenía.