Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor Finalmente, debo responder al reproche que me hicieron cuando apareció Aline et Valcour. Según dicen, mis pinceles son demasiado fuertes: presto al vicio trazos demasiado odiosos. ¿Quiere saberse la razón? No pretendo hacer amar el vicio; no tengo, como Crébillon y como Dorat, el peligroso proyecto de lograr que las mujeres amen a los personajes que las engañan; quiero, por el contrario, que los detesten; es el único medio que puede impedirles ser sus víctimas; y para lograrlo, he pintado tan espantosos a mis héroes que siguen la carrera del vicio que, desde luego, no inspirarán piedad ni amor. Me atrevo a decir que, en esto, soy más moral que quienes se creen autorizados a embellecerlos; las perniciosas obras de tales autores se parecen a esos frutos de América que, bajo el colorido más brillante, llevan la muerte en su seno; esa traición de la naturaleza, cuyo motivo no nos corresponde descubrir, no está hecha para el hombre. Nunca, repito, nunca pintaré el crimen bajo otros colores que los del infierno; quiero que se lo vea al desnudo, que se le tema, que se le deteste, y no conozco otra forma de conseguirlo que mostrándolo con todo el horror que lo caracteriza. ¡Ay de aquellos que lo rodean de rosas! Sus miras no son tan puras, y no los copiaré jamás. Que no se me atribuya, por tanto, según esos sistemas, la novela de J…[52]; nunca escribí obras semejantes ni las escribiré nunca; sólo imbéciles o malvados pueden sospechar o acusarme incluso de ser su autor, pese a la autenticidad de mis negativas, y el más soberano desprecio será en adelante la única arma con que combatiré sus calumnias.