Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor El barón de Castelnau, resuelto a aprovechar la proposición del duque, tanto para disimular sus proyectos como para procurarse, al actuar como iba a hacerlo, una correspondencia segura en Amboise, respondió honradamente que la mayor prueba que podía dar de su obediencia y sumisión era enviar lo que más caro le era en el mundo; que, hallándose personalmente en la imposibilidad de dirigirse a Amboise, a causa de una herida que había recibido en la escaramuza de Tours, enviaba a la reina a Juliette, hija suya, portadora en su nombre de un memorial en el que reclamaba el edicto de tolerancia que acababa de publicarse, y permiso, para sus cofrades y para él, de profesar su culto en paz.
Juliette parte provista de instrucciones secretas y de cartas particulares para el príncipe de Condé. No sin dolor había adoptado el plan: cuanto la separaba de su padre y de su amado era siempre tan penoso para ella que, por valiente que fuese, nunca se decidía a ello sin lágrimas. El barón prometió a su hija atacar cuatro días más tarde la ciudad de Amboise si las negociaciones que ella iba a emprender resultaban infructuosas; y Raunai juró de rodillas ante su amada derramar toda su sangre por ella si se le faltaba al respeto o la fidelidad.