Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor Era de desear que Dorgeville se casase: individuos de una clase asà se habrÃan vuelto preciosos para la sociedad; pero, absolutamente inaccesible hasta entonces a los atractivos del amor, Dorgeville habÃa declarado que, a menos que el azar le hiciera encontrar una joven que, unida a él por la gratitud, se sintiera destinada a hacer su felicidad, desde luego no se casarÃa. Se le habÃan ofrecido varios partidos, habÃa rechazado todos, por no encontrar en ninguna de las mujeres que le proponÃan, decÃa él, motivos lo bastante poderosos para estar seguro de ser amado por ella un dÃa.
—Quiero que la mujer con la que me case me deba todo —decÃa Dorgeville—; como no tengo ni un patrimonio muy considerable, ni una figura bastante hermosa para encadenarla con estos lazos, deseo que esté atada a mà por obligaciones esenciales que, asà encadenada, le priven de cualquier medio de abandonarme o de traicionarme.
Algunos amigos de Dorgeville rechazaban su forma de pensar.