Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor En tal estado de cosas, llegó al castillo de Sancerre un correo con la noticia de la muerte del conde bajo las murallas de Beauvais el día mismo que se levantaba el asedio. Lucenai, uno de los caballeros del general, traía, llorando, la triste nueva, a la que venía unida una carta del duque de Borgoña a la condesa. Se excusaba de que sus desgracias le impidieran extenderse sobre los consuelos que creía deberle, y le instaba expresamente a seguir las instrucciones de su marido en relación con la alianza que el general había deseado entre su hija y Monrevel, a celebrar cuanto antes ese himeneo, y a mandarle, quince días después de que se hubiera consumado, al joven héroe, pues, dada la marcha de los combates, no podía prescindir en su ejército de un guerrero tan valiente como Monrevel.
La condesa se vistió de luto, pero no hizo pública la recomendación de Carlos; era demasiado contraria a sus deseos para que dijese una sola palabra. Despidió a Lucenai y recomendó más que nunca a su hija disimular sus sentimientos, ahogarlos incluso, pues ninguna circunstancia volvía obligatorio un himeneo… que ahora no se realizaría nunca.
Cumplidas estas disposiciones, la celosa condesa, viéndose libre de las trabas que se oponían a sus desenfrenados sentimientos por el galán de su hija, sólo buscó los medios de enfriar al joven castellano por Amélie e inflamarlo por ella.