Los Crímenes del amor

Los Crímenes del amor

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No lo dudemos: fue en las regiones en que primero reconocieron a los dioses donde las novelas brotaron, y, por consiguiente, en Egipto, cuna cierta de todos los cultos; en cuanto los hombres supusieron unos seres inmortales, les hicieron actuar y hablar; a partir de entonces, ya tenemos metamorfosis, fábulas, parábolas, novelas; en una palabra, tenemos obras de ficción desde que la ficción se apodera del espíritu de los hombres. Tenemos libros fabulosos desde que aparecen las quimeras: cuando los pueblos, guiados al principio por los sacerdotes, después de haberse degollado por sus fantásticas divinidades se arman finalmente por su rey o por su patria, el homenaje ofrecido al heroísmo equilibra el de la superstición: entonces no sólo ponen muy acertadamente a los héroes en el lugar de los dioses, sino que cantan a los hijos de Marte como habían celebrado a los del cielo; aumentan los grandes hechos de su vida; o, cansados de hablar de ellos, crean personajes que se les parecen… que los superan: y muy pronto surgen nuevas novelas, más verosímiles sin duda, y mucho más aptas para el hombre que las que no celebraron sino fantasmas. Hércules[2], gran capitán, debió combatir valerosamente a sus enemigos: y ya tenemos al héroe y la historia; Hércules destruyendo monstruos, partiendo de un tajo gigantes: y ya tenemos al dios… la fábula y el origen de la superstición; pero de la superstición razonable, puesto que no tiene otra base que la recompensa del heroísmo, el reconocimiento debido a los libertadores de una nación, mientras la que forja seres increados y jamás vistos sólo tiene el temor, la esperanza y el desorden de la mente por motivo. Cada pueblo tuvo, pues, sus dioses, sus semidioses, sus héroes, sus historias verdaderas y sus fábulas; como se acaba de ver, algo pudo ser verdad en lo que se refería a los héroes; todo lo demás fue fraguado, todo lo demás fue fabuloso, todo fue obra de invención, todo fue novela, porque los dioses sólo hablaron por el órgano de hombres que, más o menos interesados en este ridículo artificio, no dejaron de componer el lenguaje de los fantasmas de su mente con cuanto imaginaron más acabado para seducir o asustar y, por consiguiente, con lo más fabuloso: «Es una opinión admitida, dice el sabio Huet[15], que el nombre de novela se daba antaño a las historias, y que después se aplicó a las ficciones, lo cual es testimonio irrefutable de que las unas han venido de las otras».


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