Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro —No tengo cosas de montar —balbució el tránsfuga, al borde de la risa cuando miró su única muda de ropas desgastadas.
—Amo Tom —dijo el viejo con toda seriedad, casi con cara de ofendido—, todas sus cosas están exactamente como las dejó. Bastará con orearlas un poquito frente al fuego. Le servirá de distracción montar un poco y cazar por ahà de vez en cuando. Ya verá que la gente por acá tiene opiniones duras y resentidas sobre usted. No han olvidado ni menos perdonado. Nadie va a acercársele, asà que lo mejor será que usted se las apañe para distraerse como pueda con perros y caballos. Ellos también son buena compañÃa.
El viejo George salió a impartir sus órdenes, y Stoner, más que nunca sintiéndose en un sueño, subió a inspeccionar el ropero del «amo Tom». Las cabalgatas eran uno de sus placeres más entrañables; y si era cierto que ninguno de los antiguos compañeros de Tom iba a concederle un escrutinio detallado, contarÃa con alguna protección contra el descubrimiento de su impostura. Mientras el intruso se ponÃa unos pantalones de montar tolerablemente ajustados, se preguntaba con vaguedad qué clase de fechorÃa habÃa cometido el verdadero Tom para que toda la campiña se pusiera en su contra. Las sordas pero briosas pisadas de unos cascos en la tierra mojada interrumpieron sus especulaciones. La yegua roana esperaba frente a la puerta lateral.