Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro Y entonces los humanos prestaron atención y captaron el sonido que suscitaba en los perros tales muestras de rabia y temor: un prolongado y quejumbroso aullido que subÃa y bajaba, de modo que ahora parecÃa provenir de leguas de distancia y ahora se arrastraba a través de la nieve y parecÃa brotar al pie de los muros del castillo. La frÃa y famélica miseria de un mundo congelado, la implacable voracidad de la naturaleza, en combinación con otras melodÃas desoladas e imposibles de definir, parecÃan concentrarse en aquel grito lastimero.
—¡Lobos! —exclamó el barón.
La música se avivó en un violento estallido que parecÃa venir de todas partes.
—Cientos de lobos —dijo el comerciante de Hamburgo, que era un hombre de poderosa imaginación.
Movida por un impulso que no habrÃa sido capaz de explicar, la baronesa dejó a sus invitados y fue hasta la estrecha y triste habitación en donde la vieja institutriz yacÃa contemplando el paso de las horas del año que morÃa. Aunque el frÃo de la noche invernal era cortante, la ventana estaba abierta. Con una exclamación de escándalo a flor de labios, la baronesa corrió a cerrarla.
—Déjela abierta —dijo la anciana, con una voz que, pese a su debilidad, tenÃa un tono autoritario que la baronesa jamás habÃa oÃdo salir de su boca.
—¡Pero se va a morir de frÃo! —protestó.